Key West, también conocido como Cayo Hueso, es la última isla poblada, turística e importante de las casi 1700 desperdigadas al sur de Florida. Es un pueblito encantador donde lo mismo conviven la historia que se respira en sus calles que la modernidad de algunos hoteles y restaurantes, sus eventos tradicionales contrastan con la tolerancia de su apoteósico “Fantasy Fest”, así como lo hacen la holgazanería de sus gatos con la gallardía de sus gallos de pelea, ambos, huéspedes permanentes del lugar.

Y es que dentro de sus muchos atractivos, Key West tiene la peculiaridad de tener como habitantes de la casa que perteneció al escritor Ernest Hemingway a decenas de felinos, entre 40 y 50, la mayoría de ellos dormitando en los rincones más insospechados, en los exuberantes jardines o incluso en la cama del laureado escritor. Todos tienen en su sangre el gen Polidactilia, un transtorno genético que propicia la aparición de un dedo extra en sus patas delantelas. Son descendientes de Snow With, una gata blanca que un marinero le regaló al Premio Nobel de Literatura, matriarca de esta deformación.

Afuera de la propiedad, y a lo largo de todo el pueblo, rondan con envidiable porte sus plumíferos archienemigos por naturaleza, que según se dice, hace años fueron traídos a la isla por cubanos amantes de las peleas de gallos. Pero honestamente, sus kikirikís de madrugada no hacen muy felices a sus habitantes, pues se han propagado como una ruidosa plaga.

El caso es que cuando uno visita esta isla, además de ver su hermosa puesta de sol en el malecón y sus tiendas de artesanías con las típicas esponjas extraídas del océano, uno se topa irremediablemente con algún pariente de Don Gato y El Gallo Claudio.

EL EQUIPO DE LOS GATOS

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¿Notas su sexto dedo? Algunos no lo tienen muy formado, pero todos poseen el gen, lo que significa que sus descendientes podrían tenerlo más notorio.
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Este es ejemplo de los que tienen un dedo extra en las patas delanteras.

EL EQUIPO DE LOS GALLOS

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Frente a la casa-museo del escritor, hay un puesto de cocos. Pero éste no es el vendedor.
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En las calles, autos, bicicletas y los propios transeúntes les ceden el paso a sus majestades los pollos.

 

 

 

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